jueves, 4 de noviembre de 2010

GUADALAJARA, 1719. LOS OBREROS DE LA FÁBRICA DEL REY DECLARAN LA HUELGA

Enrique Alejandre Torija

La dinastía borbónica implantada en España como consecuencia del desenlace de la guerra de Sucesión (1701-1713) puso en práctica una nueva política económica orientada a superar el atraso económico del país y a recuperar el mercado externo e interno, inundado este de enormes cantidades de productos manufacturados en Francia, Holanda, Inglaterra..., que conllevaba la salida del país de grandes sumas de dinero, en detrimento de los fondos de la Real Hacienda.

Para ello optó por la creación de Manufacturas Reales, como la Real Fabrica de Paños de Guadalajara, instalada en esta ciudad por su cercania a Madrid, residencia de la corte real y la alta nobleza, principales consumidores de paños finos; por la existencia de leña, agua abundante y materias primas necesarias (la lana entre ellas) para la producción, fáciles de encontrar en sus proximidades. Situada junto al camino real que enlazaba Madrid con Aragón y Cataluña se facilitaba la comercialización de sus productos y fue decisivo el deseo de Felipe V de premiar la fidelidad política que la ciudad le había demostrado en la guerra de Sucesión,[1] de la que había salido muy malparada. La fabrica se ubicó en el palacio de los marqueses de Montes Claros, el mismo que en 1833, una vez cerrada la fabrica, albergaría la Academia de Ingenieros.

Una de las consecuencias de la crisis pañera en Castilla durante el siglo precedente fue la perdida de mano de obra cualificada. Si las nuevas empresas querían desbancar a sus competidores extranjeros, era necesario, dado el atraso tecnológico de la industria española, traer especialistas de los países adelantados, que además enseñaran las técnicas a los naturales del país.

Felipe V había encargado al barón Juan Guillermo de Riperdá la instalación de esta fabrica. La elección no fue por azar, pues su origen holandés facilitó la contratación de trabajadores de esta nacionalidad. La crisis textil en la ciudad holandesa de Leiden influyo en que fuera aquí donde se contrataran a los primeros expertos holandeses.[2]

A finales de 1717 llegan al puerto de Santander 50 tejedores con 50 telares, encabezados por Guillermo Turíng, fabricante de Ámsterdam, nombrado director de los trabajadores holandeses por el embajador español. Viajan hasta Aceca (Toledo) donde en su castillo comienzan la producción. Pero una epidemia de fiebres tercianas se lleva la vida de Turíng, y la de otros holandeses, por las malas condiciones higiénicas . Esto, unido a las dificultades para el aprovisionamiento de géneros necesarios para la producción, el rigor del clima, etc, hizo que se trasladara la fabrica a Guadalajara por consejo de Riperdá.

Juan Guillermo de Riperdá se había hecho cargo de la dirección de la fábrica en 1718, pero a la llegada de los holandeses a Guadalajara en enero de 1719, el que había sido principal artífice de su traída ya no se hallaba al frente de la misma. Desde entonces, por un breve periodo cada uno, tres directores inoperantes habían ocupado la dirección de la factoría con menoscabo de su funcionamiento. La Real Hacienda nombra director a José Aguado Correa para frenar la desorganización de la misma.

Aguado actúa con efectividad, tratando de hacer rentable la empresa. Para ello reduce gastos innecesarios y los salarios establecidos en los contratos que se habían pactado en Holanda. Una de las cláusulas del “convenio” establecido entre Riperdá y los holandeses decía que una vez llegados los mismos “al lugar destinado para fábrica-sin especificar una ciudad o pueblo determinado- llevaran por día los tundidores treinta placas, quitados los domingos y días de fiesta, pero cuando empezaran a trabajar ganaran cuatro placas por hora, según la ordenanza de Leyden...”. Para los tejedores el pago se establecía proporcionalmente a la cantidad de varas tejidas, “y mientras no trabajasen llevarían veinte placas[3] por día”,[4] por lo que cabe deducir que el cuantioso gasto que debió suponer el traslado de Holanda a España, el abono de los días no trabajados empleados en la marcha de Aceca a Guadalajara por los tejedores y las jornadas pérdidas por la propia desorganización de la fábrica que impedía proporcionarles trabajo permanente, motivasen la rebaja salarial. A lo anterior se une el maltrato que reciben los holandeses, lo que desata la revuelta: “pocos días después se alborotaron de tal suerte los ánimos de estos operarios ...que se podía temer algún atropello[5], según relata el conde de Medina, corregidor de Guadalajara. Este solicitó el auxilio de una guardia de infantería para mantener el orden. Tras dos semanas de agitación parece volver la calma cuando los trabajadores perciben su paga como habían convenido con Aguado, pero los ánimos vuelven a encresparse cuando una semana después comprueban que este persiste en la rebaja de los salarios. Es entonces cuando deciden abandonar todos el trabajo y enviar una representación al rey Felipe V pidiendo la destitución de Aguado, además del respeto a sus contratos, como informa Medina: “...llegó a tal estado la desazón de los operarios que dejaron todos de una vez el trabajo, y hicieron su representación al rey para que su majestad se dignase mandar que se les mantuviesen en el todo de sus capitulaciones, y que no se alterase en modo alguno el modo de sus obrajes[6]. En un informe posterior de Aguado sobre los hechos dice: que a su llegada cesaron en el trabajo los mas obreros y ha reconocido en ellos tres partidos. Uno indiferente hacia Aguado que deja de trabajar a persuasión de otro partido que los amenaza y un tercero que trabaja sin novedad aunque es el partido mayor”[7] El gobierno envió un comisionado –Gaspar de Zorrilla, alcalde de la corte- para hacer averiguaciones, y durante el tiempo que duraron estas los holandeses mantuvieron el paro hasta que fue relevado Aguado, que fue sustituido por Riperdá. La determinación de los huelguistas fue tal, que ni la mediación de un sacerdote enviado por Aguado les hizo variar su postura: Que tuvo por conveniente que el Padre Toledo les amonestase[8] estaban perdonados de sus pecados y desaciertos y que solo es a la comisión de Aguado el que en adelante procurasen atender a su obligación, a lo cual respondieron al padre Toledo que estaban juramentados de no trabajar si volviese allí Aguado...”[9] Tras ser repuesto Riperdá sus compatriotas finalizaron inmediatamente la huelga intermitente (que se prolongó durante más de treinta días en varios periodos ) que mantuvieron durante diez meses.

Aguado había estado rodeado de otros administradores más atentos a su particular beneficio –que obtenían de la empresa-, que a la buena marcha de esta, por lo que no veían con buenos ojos la reorganización que Aguado pretendía, por cuanto perjudicaba sus intereses. La facción de Riperdá, dispuesta a recuperar la dirección de la fábrica, aprovechando la dureza de Aguado con los trabajadores, se apoyó en estos, alentándoles en su postura hasta conseguir la salida de Aguado.

La actuación de Aguado resultó ser el detonante de la situación de malestar que existía entre los trabajadores holandeses ante la “recepción” que les había dispensado la administración española. Las buenas relaciones de Riperdá con sus compatriotas hizo que estos aceptaran volver al trabajo, con la rebaja salarial impuesta por Aguado.[10] No obstante, la mayoría prefirió volver a Holanda: Dicen que por repetidas memorias les han pedido a S. M. justicia sobre los malos tratamientos que han recibido, y sobre que sean tratados según la Convención que con ellos se estipuló en Holanda, en el real nombre de S. M.. Que continuándose después sucesivamente sus desdichas, se vieron precisados a pedir a S. M. su pasaporte para poder volverse a la patria...[11]

La huelga de los especialistas holandeses de la Real Fábrica de Guadalajara en 1719 inauguraba la serie de conflictos laborales que, hasta su cierre en 1822, acompaño la vida de esta empresa. No fueron los únicos. Durante el siglo XVIII en la fabrica de algodón de Ávila, en la de paños de Béjar, en los astilleros de El Ferrol..., los trabajadores protagonizaron otros paros y protestas cuando sus condiciones de trabajo se vieron afectadas. Estas luchas eran el presagio del surgimiento de un nuevo movimiento, el de los trabajadores, que desde el siglo XIX a nuestros días protagoniza la disputa continua contra aquellos que detentan los medios de producción, por el reparto de los frutos de su trabajo.



[1] García Ballesteros, A., “La Real Fabrica de paños de Guadalajara en el siglo XVIII” en ESTUDIOS GEOGRAFICOS. Febrero-Marzo 1975. CSIC Instituto Juan Sebastián Elcano XXXVI, 138-139 MADRID. Págs. 374,375,376 y 377.

[2] Tascon, J. y López Martín , I. en “Los holandeses y la empresa publica. Huelga en la fabrica del rey. 1719-1720” en Actas del III Congreso Astur-Gallego de Sociología. Expectativas de la Sociedad del Bienestar. Oviedo. 1996, Vol. I. Pág. 103.

[3] Placa: moneda holandesa de la época.

[4] LARRUGA Y BONETA, E. Ops cit Tomo XIV, Memoria LXXIII, Págs.: 134 y 135

[5] Archivo General de Simancas, Hacienda-Secretaria, leg. 759, citado por Callahan W. J. en “Conflictos laborales en el siglo XVIII”, en Boletín del Seminario de Derecho Político, n.º 32, Salamanca, 1964, Pág.:73

[6] A. G. S, ibídem , citado por Callahan W. J., en ops.cit.

[7] Archivo Histórico Nacional, Estado, 755.

[8] Advirtiese

[9] A. H. N. Estado, leg. 755.

[10] Callahan, W.J., ops. cit.

[11] A. H. N. , Estado, 755

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