lunes, 22 de noviembre de 2010

Reportaje de El País sobre el libro "La represión franquista en Guadalajara"

Reportaje de El País sobre el libro realizado por el Foro por la Memoria en Guadalajara: "La represión franquista en Guadalajara"

"A mi padre lo fusilaron el 20 de junio de 1939 y después le pusieron una multa de 14.000 pesetas [84 euros] por responsabilidades políticas. Como no las teníamos, nos embargaron. Vinieron a casa y se lo llevaron todo. Con la colcha de novia de mi madre hicieron un palio para el cura; rasgaron los colchones por si teníamos dinero. Nos dejaron en la calle. Yo tenía nueve años, pero no se me olvidará en la vida", cuenta Emilia Cañadas, que ahora suma 82. La de su padre, Antonio, alcalde de Guadalajara al inicio de la Guerra Civil, es solo una de las terribles historias recogidas en La represión franquista en Guadalajara (Ediciones Silente). Sus autores, Pedro y Xulio García Bilbao y Carlos Paramio Roca, querían rellenar un hueco en el mapa de la represión en el que Guadalajara aparecía como zona gris, sin datos. El resultado es un abrumador volumen de 635 páginas, de las que 490 corresponden al listado de 6.230 represaliados (fusilados, encarcelados, expoliados, perseguidos) allí por el franquismo.

El libro no olvida los desmanes de los "elementos de izquierda" en los primeros días de la sublevación militar, como el asesinato del comandante Rafael Ortiz de Zárate, el primer oficial fusilado por los milicianos. También cuenta, entre otras, la historia de Vicente Relaño, secretario general del PCE en Guadalajara, quien denunció y expulsó del partido a los responsables de una checa, salvó a ocho personas de derechas y fue asesinado en 1943 pese a los avales que todos ellos habían redactado en su favor. O la de Francisco Gómez García, presidente de la Casa del Pueblo, que sustituyó al presidente de UGT asesinado por falangistas el 13 de julio de 1936: salvó al alcalde derechista Gerardo Sánchez de las milicias del POUM, y pese a ello también fue fusilado en 1941.

El volumen recoge testimonios estremecedores -"vi a una amiga mía que tendría entonces 16 o 17 años llevando uno de sus pies en la mano y andando a la pata coja. Se había quitado la blusa para taparse el muñón del pie"- y cifras que hablan por sí solas: 822 ejecutados entre 1939 y 1944, la mayoría entre los 25 y 33 años y campesinos (66,67%).

Son las historias de las víctimas republicanas en la provincia, cuyo relato y recuento no se había hecho hasta ahora, a diferencia de las franquistas, que ya en 1944 aparecían en el estudio Víctimas asesinadas en la provincia de Guadalajara durante la dominación roja.

martes, 16 de noviembre de 2010

LA JUNTA DE GOBIERNO DEL REAL SEÑORIO DE MOLINA DE ARAGÓN NO PUEDE PAGAR A LOS TRABAJADORES DE SU FÁBRICA DE ARMAS. 1809-1811

Enrique Alejandre

I Sometimiento al invasor y miedo a la revuelta.

“Vino Napoleón y despertó a todo el mundo”. Con estas palabras explica Galdós en “El Empecinado”1 lo que de revulsivo tuvo para la conciencia del pueblo español la invasión napoleónica.

Sin duda la apreciación que Napoleón  hizo de España, considerándola un cuerpo muerto, era acertada para la monarquía y la nobleza, por cuanto había en ellas de despreciable, producto de siglos de decadencia y degeneración. Erró en cambio al llevar este juicio al resto del país, el cual, a pesar de los pesares, del haber soportado sobre sus hombros los reinados de  dos nefastas dinastías,  se mantenía lleno de vida como demostraría  la encarnizada resistencia con que le hizo frente.
 
En realidad la Guerra de la Independencia comenzó cuando el 17 de marzo tuvo lugar en Aranjuez una algarada contra el “favorito” Manuel Godoy, al conocerse el acuerdo de Fontainebleau por el cual se aceptaba la partición de Portugal y la entrada del ejército francés en España. El motín era una muestra del malestar existente por la mala situación del país, inducido por otra parte, por la vieja aristocracia y el clero, los que al comprobar que Carlos IV no iba a cejar en su política de reformas, optaron por el cambio de válido-ya que un año antes no habían podido deponer al rey- y pusieron sus esperanzas en el príncipe  Fernando, cuyas reaccionarías ideas ya eran conocidas.
 
Habiéndose ofrecido de mediador amistoso ante las disensiones del rey Carlos IV con su hijo Fernando VII, Napoleón llamó a la familia real a Bayona, donde este consiguió su claudicación al lograr que aceptaran una Constitución impuesta y a su hermano José en el trono.
 
El 7 de junio de 1808 el rey José recibió en Bayona una delegación de los grandes de España,  y el Duque del Infantado,  amigo  íntimo de Fernando VII, le dirigió  las siguientes palabras:
“Señor, los grandes de España, han sido alabados siempre por la lealtad a su soberano, y Vuestra Majestad hallara ahora la misma fidelidad y adhesión”.
 
El  Real Consejo de Castilla aseguró a José que “él constituía  la rama principal de una familia destinada por el cielo a reinar “2
 
Comenzada la guerra y puesta la nación en armas contra Napoleón, una parte de la aristocracia se decide por el campo patriótico tras la derrota francesa en Bailen, entre ellos el Duque del Infantado, que es nombrado Jefe del Ejercito del Centro por la Junta Suprema en 1809. Por entonces, la ciudad de Guadalajara intenta unirse al levantamiento con su Ayuntamiento al frente y ofrece al Duque dirigirla, a lo que el mismo se niega.3
La postura de la  aristocracia fue seguida por las más importantes autoridades administrativas, eclesiásticas, judiciales y militares. Pero el destino de España pronto iba a dejar de estar en manos de estos personajes para pasar a las de gran mayoría del pueblo, a los comerciantes, a los soldados, al clero bajo, que había hecho su irrupción en la escena política el día 2 de mayo en Madrid.
 
Naturalmente, el levantamiento no fue bien recibido por las clases acomodadas, cuya suerte iba unida en principio al mantenimiento del orden político establecido por el invasor.
 
Por aquellos  días la noticia de la insurrección  fue recibida con preocupación por el ayuntamiento de Guadalajara,  ante el posible efecto que pudiera causar en el ánimo popular por lo tocante al orden público, como recoge el acta del pleno municipal celebrado el día 3 de mayo de 1808, además de ofrecernos “su” interpretación   de los hechos de Madrid:
“… El señor presidente manifestó a la ciudad que las noticias que había, aunque vagas e inciertas, del estado en que se halla la Corte con motivo de la estancia de las tropas francesas y varios insultos que parece que hubo el día de ayer entre estos y los paisanos, han causado en este pueblo una conmoción y sensación que a todos o a la mayor parte de vecinos les han llenado de temor que les tiene agitados, inquietos y formando ideas que tal vez apremiando celo por la defensa del Rey y la Patria puedan ser perjudiciales a la tranquilidad propia , sosiego y buen orden que debe reinar en la población, y que para corroborarlo y la seguridad de todos los vecinos convendría hacer rondas de día y de noche (…) y convendría también publicar y fijar bandos para que todos los vecinos den razón puntual de las armas que tuvieran a la escribanía del Ayuntamiento.”4

En el acta del día 7 de mayo se dice: “Leiose una orden  de la Junta de Gobierno del Reino (…) en la cual se manifestaba que los incidentes provocados por un corto número de personas inobedientes a las leyes había causado en la Corte el día dos del corriente un alboroto cuyas resultas podían haber sido funestisimas  para todo el honrado y distinguido vecindario si la prudencia de los Concejales, Alcaldes de Corte y demás jueces no hubieran logrado contenerles. Ya su imitación previene así  la Suprema Junta que los encargados de la tranquilidad pública en todos los pueblos activen sus providencias con tan importante objeto en que se mantenga el buen orden con las tropas francesas… Y en consecuencia el señor intendente dijo que nada tenía que añadir porque el espíritu de estos desordenes estaba bien claro y terminante a  inspirar a todos los habitantes de la ciudad y pueblos de la provincia el sosiego y tranquilidad de todos que debe reinar en el buen orden para la mayor felicidad y bien de los mismos vasallos, pero que sin embargo había mandado convocar a los señores curas párrocos y prelados de las comunidades religiosas para que con su autoridad y respeto que se merecen por su superioridad, carácter y talento hagan presentes estas disposiciones de gobierno a todos los individuos, parroquianos y vecinos de esta ciudad a fin de que convencidos de su propia utilidad mantengan el buen orden, tranquilidad y sosiego que debe haber entre todos…”5
 
Allí donde estallaron revueltas contra los franceses como en Cádiz, Cartagena, La Carolina, Ciudad Rodrigo, Granada, Valencia, Valladolid,…, y las autoridades se opusieron o eran sospechosas de afrancesamiento,  lo pagaron con su vida. El descontento mayoritario hacía que esta lucha tuviera  aspectos revolucionarios, los que no pasaron inadvertidos para Carlos Marx:
“A pesar del predominio del  elemento nacional y religioso en la sublevación española en los dos primeros años  existió  también una fuerte tendencia a las reformas sociales y económicas. Lo atestiguan todas las manifestaciones de las juntas provinciales de dicha época, las cuales, aunque compuestas por elementos de las clases privilegiadas no dejaron nunca de denunciar el viejo régimen y de formular promesas de reforma radical.”6
 
La salida de Fernando VII, originó un vació de poder aumentado por la actitud pasiva, cuando no colaboracionista, de las autoridades con el invasor, producto de su desconfianza en la posibilidad de una resistencia al ejército francés. En estas condiciones el poder paso a residir de hecho en el pueblo que creó sus propios órganos de gobierno a los que denomino juntas. En dos meses se crearon más de cincuenta juntas populares de resistencia .Posteriormente, las urgencias de la guerra y la necesidad de levantar un poder central en el país llevó a constituir una Junta Central. En Guadalajara la Junta de Defensa estuvo presidida al formarse por Fernando Beladiez, sustituyéndole, cuando ha de acudir a  las Cortes de Cádiz, José López de Juana, intendente de la ciudad como aquel y director de la Real Fábrica7
 
Para coordinar el esfuerzo bélico y la introducción de reformas políticas como las de limitar el poder absoluto del monarca y las prerrogativas de los privilegiados, la Junta Central convocó Cortes. Estas se reúnen en  Cádiz donde la minoría ilustrada elabora una constitución liberal, mientras el pueblo lucha contra el invasor, alentado por las predicas tradicionalistas del clero. Esta enorme distancia entre las ideas de unos y otros llevará a decir a K. Marx; “en la isla del León, ideas sin acción; en el resto de España, acción sin ideas”.8
 
El desenlace de la guerra se salda con el triunfo del absolutismo. La guerra vino a poner sobre el tapete la necesidad de cambios profundos en las estructuras económicas y políticas del país, en otras palabras una revolución encabezada por la burguesía que liquidara todas las trabas feudales que impedían el progreso de la nación. Para poder acometer esta tarea el país contaba con una burguesía débil, consecuencia de su  atraso económico, frente a la realeza y la aristocracia. Por otra parte, la incapacidad de la  monarquía  de ejercer un dominio real sobre el territorio nacional favoreció el desarrollo de la revolución. Para que ésta hubiera triunfado la burguesía hubiera debido ponerse al frente del movimiento popular pero no lo hizo. Los liberales se limitaron a proclamar  las ideas avanzadas, que decían profesar pero no se colocaron ante el  pueblo con ellas,  que hubieran enlazado con sus mas hondas aspiraciones sociales  . Su indecisión, su respeto por las formas de dominación del pasado a las que pretendían  atemperar, hizo que  los viejos valores prevalecieran en la conciencia popular, lo que unido al peso de las autoridades eclesiásticas, militares y políticas, dio al traste con esta primera oportunidad revolucionaria. Con todo la guerra no paso sin dejar su impronta. Grandizo Munis dice al respecto : “En realidad, de la guerra contra Napoleón arranca el renacimiento social, económico, político y cultural del país, ella le dio un impulso más fuerte que cincuenta años de evolución pacifica”,  a lo que añade “… antes de la guerra ni siquiera cabía hablar de reaccionarios o serviles, y de liberales. … Fernando VII no pudo establecer el poder absoluto sin enviar a la horca a los principales cabezas de la guerra: Juan Martín “El Empecinado”, Lacy, Riego, etc.”9
 
II El levantamiento de Molina de Aragón. La Junta de Gobierno decide crear una fabrica de armas que destruyen los franceses.
 
Más de un año antes del comienzo de la guerra, el 24 de marzo de 1807, el pueblo de Torremocha se había amotinado contra los recaudadores de contribuciones que llevaban a cabo  los embargos destinados al mantenimiento de las tropas francesas, debiendo  ser auxiliados por las justicias de Molina que acudieron para aplacar los ánimos.10 El 3 de mayo de 1808 varios vecinos de Molina acudieron a D. Joaquín Montesoro, regidor de Molina, pidiéndole que no fueran entregados los caudales destinados al pago de impuestos, para lo que habían venido recaudadores de Guadalajara, en atención a que serian necesarios para la inminente guerra contra Francia, y que de entregarlos, se utilizarían en beneficio del enemigo, consiguiendo que este impidiera la entrega de los tributos.11

Al llegar a Molina de Aragón el día 4 de mayo la noticia del levantamiento en Madrid, numerosos grupos en actitud hostil se reunieron los días siguientes en la plaza Mayor, frente a la casa del afrancesado corregidor Vallarino, dando gritos subversivos, no pasando los hechos a mayores por la intervención de algunas personas notables de la localidad, que calmaron los ánimos.12

El mencionado corregidor se había ganado años antes no pocas enemistades a consecuencia de los recelos por las reformas que había llevado a cabo y las que proyectaba, como un cementerio nuevo. La epidemia de cólera  propagada en el Señorío en 1803, con su alta  mortandad, había hecho imposible que se pudiera seguir enterrando los cadáveres en el interior de las iglesias por lo que se dispuso hacerlo en un cementerio.13 Ahora proyectaba la construcción del cementerio nuevo,14 en un pueblo al que siglos de ignorancia y superstición  habían hecho reacio a aceptar novedades por provechosas que fueran. Su postura vacilante frente al movimiento insurreccional  le hacía aparecer sospechoso, por lo que el pueblo llegó a  alborotarse frente a su casa para asaltarla. Sobre su muerte, acaecida en fechas no muy distantes de estos hechos, llegó a especularse sobre si fue causada violentamente o engendrada por  los pesares de sus subordinados.15
 
En la segunda quincena de mayo, el corregidor convocó a las personas más principales de Molina en varias ocasiones con cuya mediación  pudo contenerse la actitud hostil del pueblo. En estas primeras reuniones se acordó declarar la guerra a Francia, la  independencia del Señorío, armar al pueblo y reiterar su juramento al rey legitimo, Fernando VII. Al fin se acordó la formación de una Junta de Gobierno.16
 
El levantamiento de Molina, prácticamente incruento, trató- en palabras de Anselmo Arenas- “…, desde la primera junta interina, evocar el espíritu de nuestras antiguas cortes, convocando y llamando a formar parte de ella a los tres brazos del Estado: el noble , el eclesiástico y el popular … y en el que se da paso y entrada en el régimen y gobernación de la patria al espíritu moderno, a la representación nacional, al sufragio universal.”17
 
Transcurrido el primer año de guerra y ante la demanda apremiante de armamento, que no podía ser suministrado ni por la Junta Central, ni por las de Valencia, Zaragoza o Cataluña, la Junta de Molina de Aragón concibió el proyecto de instalar una fabrica de armas, para lo que consiguió capitales de particulares y  rentas de la Iglesia y el Estado. Instalada en Molina desde la segunda mitad del año 1808, en las primeras semanas de su funcionamiento la producción  ya era de diez fusiles diarios. En agosto de 1809 llevaba fabricados mas de tres mil.18
 
La Junta nombró una comisión para el fomento y administración de la fábrica, compuesta por D. Francisco Fernández, D. José López Pardo , D. José López Pelegrin y D. Francisco Javier Morencos1,9 los cuales redactaron un reglamento para su organización en el que plantearon: “se nombre una comisión de cinco individuos, que velen por el fomento y administración de la fabrica , instruya a los jóvenes del país en la fabricación, oiga las quejas y observaciones de los maestros y operarios, y presente al  Administrador las cuentas mensuales y estados de los almacenes y deposito.” De la contabilidad, pago a los operarios y preparación de materiales  se rendiría cuenta mensual a la comisión directora de la fabrica. 20
 
No se limitó la fabrica a construir fusiles sino que además hacía cartuchos y balas para cañón, así como otros pertrechos. La Junta puso a todos los vascongados del Señorío a disposición del comisario de guerra, Sr. Telleria , pues eran vascongados los oficiales armeros de la fábrica.
 
Conociendo el enemigo la existencia y la importancia de la armería por la cantidad y variedad del material suministrado y su localización estratégica entre Aragón, Castilla y Valencia, este  se propuso su destrucción y, aunque ante la proximidad del enemigo la Junta oculto sesenta tornos, los franceses dieron con ellos y al final la fábrica fue incendiada y destruida.
 
III Nueva fábrica en la que el trabajo se reglamenta militarmente  presintiendo problemas con los trabajadores. El esfuerzo de los armeros no es recompensado.
 
No obstante este desastre la Junta volvió al empeño de volver a levantar la armería, por lo que en sesión celebrada cuatro días después del suceso, esta acordó además de  la construcción de tornos  y el reparto estratégico de la fabricación de las distintas piezas (cañones, llaves, culatas,…) entre varios pueblos , el que se siguieran abonando los salarios a los oficiales armeros  hasta darles   trabajo de nuevo  a fin de que no se expatriaran.22
 
La nueva fábrica se instaló en Garabatea y la Junta tomó la decisión de que fuera uno solo el director,  en sustitución de la comisión nombrada meses atrás, a fin de corregir los defectos de funcionamiento. Nombróse a D. José López Pelegrin al frente  de la empresa, para la que se le pidió un plan organizativo, y  todo lo cual se comunicó al Gobierno Supremo y al intendente de Guadalajara.23
 
El 3 de septiembre de 1809 la Junta creaba en Molina tres escuelas de forjado de cañones, llaves y limadores, para el aprendizaje de los jóvenes  dirigidos por  los maestros Luco, Bretes y Romero. A estos aprendices se les pagaban cuatro reales diarios, prescindiendo de aquellos  que a los ocho meses no mostraran buenas cualidades, y premiando a los más interesados.
 
Esta  fabrica volvía a surtir de fusiles, con mas tardanza por el inconveniente de haberse dividido en tres departamentos y hallarse estos distantes,  pero  ello  no impedía que  armara a “veinte patriotas diariamente”. La armería entregó 3000 fusiles nuevos y reparó 2.000 a distintas unidades del ejército y la guerrilla, los que a juicio de los maestros eran mejores que los fabricados en la armería de Plasencia (Vizcaya).

Grande era el éxito que a la Junta de Molina le reportaba la fábrica de armas y municiones, pero a la vez tenía que afrontar las constantes reivindicaciones de los oficiales, calificados de  “caprichosos, descontentos e indóciles”, los cuales hacían uso de su postura de fuerza, conscientes de la importancia  que tenía el  trabajo que  llevaban a cabo en aquellas circunstancias. Las autoridades  procurando desviarlos de  sus pretensiones,  intentan convencerlos de que marcharan a Alicante… 24

Entre  los ruegos que la Junta del Real Señorío hace al Gobierno para el mantenimiento de la fabrica está el que sus operarios se hallen reglamentados “bajo un pie militar”, como los de Plasencia, “para evitar huelgas, fugas y motines”.25 Cumpliendo con el encargo de elaborar un proyecto de organización de la factoría  armamentística, D. José López Pelegrin, en lo relativo a los trabajadores, perfiló sus derechos y  deberes, encareciéndoles el mayor celo en el desempeño de los segundos. Los constructores de armamento quedaban distribuidos en gremios, nombrando cada uno un diputado, que recibiría las labores concluidas y sería el portavoz de los trabajadores ante la Junta . Además de estar registrados y organizados como personal militar, en prevención de deserciones , trabajarían solo para la fabrica y por contrata no pudiéndose ausentar sin licencia escrita del director26

La nueva fábrica de armas, en la que tanto empeño había puesto la Junta molinesa, la que   tanto sacrificio había costado y tan útil resultaba a la causa nacional , quedó destruida por el ejército napoleónico al mando del general Klopicki al entrar en Molina  el 20 de mayo de 1810 27
 
Pero los molineses, lejos de desalentarse, volvieron a la tarea de levantar de nuevo la fábrica de armamento, y a los pocos días de la destrucción  y el saqueo de los tornos por el enemigo , se reanudaba la fabricación de fusiles en cantidades de 16 a 20.28 En reunión celebrada  el 9 de Julio de 1910, la Junta  convino  que la fábrica  no debía salir del Señorío por la existencia en este de hierro, carbón y comestibles en abundancia, todo ello tan necesario para el mantenimiento de la armería

En una nueva sesión celebrada el 3 de septiembre  se acordó la creación de tres escuelas de forjado de cañones, llaves y limadores de fusiles, para la enseñanza a jóvenes menores de catorce años, pagándoles cuatro reales diarios.
 
El ejercito francés volvería a destruir las fabricas de armamento que sucesivamente se habían instalado en Molina, Peralejos y Cobeta. Las necesidades impuestas por la contienda obligaron a levantar de nuevo la fabrica de Cobeta, bajo la dirección de José López Pelegrin. La Junta se  había visto obligada, ante la carencia de fondos, a destinar el dinero del hospital a la fabrica. Esta situación le llevó asimismo a despedir a oficiales vizcaínos y valencianos. López Pelegrin informaba a la Junta que se les debían muchos miles de duros a los oficiales armeros,  por lo que solicitaba a la misma que antepusiera este gasto al del hospital, a lo que la Junta se negó.29 Las peticiones de socorro económico para la fábrica de Cobeta no obtuvieron el eco deseado  y  López Pelegrin , director de la armería, informaba de la penosa situación a la Junta el 3 de marzo de 1812 :
“Los armeros venidos de Valencia, decía, por consejo del Gobierno, engañados por los jefes de aquel establecimiento , han llegado descalzos y hambrientos, y, porque no murieran de hambre, he apurado todos mis recursos y acabado esto he tenido que darles el pasaporte para Guadalajara, y los enemigos los han cogido y pasado por las armas.”30

Pelegrin sacrifica dinero propio, de sus familiares y amigos, para dar de comer a los armeros. Pero la situación llega  a ser insostenible y éstos le piden sus pasaportes, entregándoles (previa tasación)  efectos de la fábrica, a modo de pago antes de marchar.
 
Los armeros llegaron a Molina donde  les  fueron entregadas raciones. La Junta había instado  a Pelegrin a arreglarse con los armeros como pudiera, “con el pulso que requiera tan arduo negocio visto lo grave de la situación”
 
El 24 de marzo comunicaba a la Junta desde Cobeta que había entregado a los armeros 200 llaves y otras tantas guarniciones, como parte del pago de sus haberes, pero que las Juntas de Guadalajara y la de Soria se habían negado a comprar a los armeros estos utensilios ,  habiéndolo, en cambio, las de Vizcaya y Bayona. Volvía a exponer Pelegrin  que a la vista de lo sucedido y para que no murieran de hambre, había vuelto a poner dinero y llevado a su familia a la ruina en el ejercicio de un cargo que desempeñaba gratuitamente.31
La deuda contraída con los armeros desde el 15 de diciembre de 1810 al 30 de abril de 1812 ascendía 107472 reales y 28 maravedíes, según la relación enviada desde Ventosa por el administrador D. Esteban Fabián el 21 de Junio de 1812:
“De los fabricantes de cajas, o culatas, hay ocho acreedores, por valor de 6.542 reales, 30 maravedíes.
A 18 guarnicioneros se les adeudaban ………………………………………….12.104 r. 11 m
A 47 oficiales de cañones…………………………………………………………….31.635 r. 12 m
A la compañía de bayoneteros………………………………………………………..5.766 r    1m
A 17 venidos de Valencia………………………………………………………………1.357  r. 20 m
A 35 chisperos…………………………………………………………………………….22.810 r. 22 m
A  nueve  de la partida de resguardo……………………………………………….. 2.332 r. 14 m
Al maestro examinador Bartolomé Astiazaran ………………………………… 6. 637r. 32 m
A D. Juan José Roa , almacenista……………………………………………………..1.299r. 22m
A D. Antonio Calvo, artista…………………… ………………………………………………………………  628r. 13m
A Marcos Arauz, de carbón suplido de Peralejos……………………………………..4.199r, 27m
A Miguel Mansilla, por los mismo…………………………………………………………4.450r, 14m
A Mateo Rubio, por id.           id…………………………………………………………….1593 r.
Resultan pues, mas de 150 operarios acreedores de un Total………………..107. 472 r  28m

El 27 de febrero de 1811, el diputado por Molina de Aragón, Francisco López Pelegrín, presentaba una proposición en las Cortes solicitando el apoyo y protección del gobierno a todas las fábricas de fusiles que construyeran mas de cinco fusiles diarios, en la que pedía la exención de contribuciones para los pueblos donde estuvieran instaladas, el sometimiento a la disciplina militar de sus empleados y de los delitos que contra ellas se cometieran, a la vez que derechos pasivos y exenciones para esos mismos empleados.32

En el debate parlamentario, Pelegrín  alegó los meritos contraídos: calidad de lo construido, servicios prestados como proveedores al ejército lo que había motivado la destrucción….. Al final, de los once artículos que comprendía la propuesta, fueron desechados los tres últimos, relativos a las jubilaciones  de maestros y oficiales de estas fábricas, al arreglo y plan de estas jubilaciones y a que estos trabajadores se consideraran exentos del servicio militar o rebajados del mismo mientras estuvieran trabajando en dichas fábricas. En definitiva no se aprobó ninguno de los artículos que representaban una mejora para los trabajadores de la armería, los mismos que tan útiles servicios habían prestado a la causa patriótica.33
 
IV Conclusiones
 
El conflicto laboral de los trabajadores de la fábrica de armas puesta en pié por la Junta de Gobierno del Real Señorío de Molina de Aragón para abastecer de fusiles a las tropas nacionales en el contexto de la crisis nacional que supuso la  lucha contra el invasor napoleónico, se enmarca dentro del tipo de sucesos que tuvieron lugar durante el siglo XVIII en España en los centros de trabajo de algunas ciudades como  Béjar, Ávila, Ferrol, Cartagena…, y especialmente en la Real Fábrica de Paños de Guadalajara.
 
En el seno de la ya por entonces decrépita sociedad feudal española se estaba gestando el moderno enfrentamiento entre clases sociales: de un lado, como en este caso, un grupo de armeros sometidos a arduas vicisitudes para alcanzar el fruto de su trabajo, realizado en medio de las penalidades de la guerra; de otro, la clase dominante española representada en las Cortes de Cádiz, con sus distintas tendencias, liberales o tradicionalistas, en cualquier caso con la negativa de ambos a otorgar el justo pago a los armeros por sus desvelos.
 
BIBLIOGRAFIA
Libros
- Arenas López, Anselmo “Levantamiento de Molina de Aragón y su señorío en mayo de 1868 y guerras de su independencia”. Imprenta de Manuel Pau. Valencia. 1915.
-Marx, Karl; Engels, Friederich, “Escritos sobre España” . Planeta. Barcelona. 1978.
-Munis Grandizo, “Jalones de derrota, promesa de victoria”. Muñoz Moya editor. Brenes.2003.
-Ortiz Garcia et al, Antonio, “Historia de Guadalajara”. AACHE Ediciones. Guadalajara. 2006.
Documentación de Archivos
-AMGU 141573 Ayuntamiento Pleno. Actas de Sesiones 1808-05-03
-AMGU 141573           “               “    .     “      “        ”       1808-05-07

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Guadalajara 1789-97. Despidos, salario escaso, falta de pan y el contagio de la Revolución Francesa


Enrique Alejandre  Torija  

"En esta ciudad la manufactura real experimentó una inquietud laboral durante mucho tiempo y frecuentes incidentes, que no equivalían todavía a un movimiento de la clase obrera, pero que demuestra que los trabajadores eran capaces de realizar acciones individuales y colectivas para conseguir mejoras salariales, mejores condiciones y procedimientos legítimos."
 
                                                                            J. Lynch. "La España del siglo XVIII"
 
Desde su creación en 1719, la Real Fábrica de Paños de Guadalajara fue escenario de frecuentes conflictos laborales en la que sus trabajadores dieron muestra de gran combatividad. 

En los últimos años del siglo XVIII las demandas laborales confluyeron con agudas crisis de subsistencias y la aparición de propaganda  alusiva al destronamiento de la monarquía en el vecino país de Francia,  causando la alarma en la  corte borbónica que no dudó en enviar tropas a Guadalajara. 

En el año 1789 la ciudad sufre las consecuencias de una mala cosecha que da lugar a la  escasez de pan y  su encarecimiento, lo que obliga a  disponer del grano guardado en los pósitos de la ciudad  y a comprar trigo con   dinero de la Real Fabrica. [1] Tres años antes, la misma situación había  obligado a las autoridades  a tomar  medidas de aprovisionamiento "porque siendo las dos terceras partes de la población,(los obreros de la fabrica)... los mas temibles por su indocilidad... por las consecuencias que podían resultar de su falta de alimento tan indispensable, como porque abandonarían sus labores y quedarían desiertos los despachos y oficinas de tejedores, cardadores, estambreros[2] y demás clases que compone la fabrica"[3] Esta situación  da lugar en el año mencionado a una agitación de los obreros de la fabrica, que colocaron  pasquines contra Miguel Vallejo, director de la misma,[4] que informa así a instancias mas altas sobre el momento que se vive en Guadalajara: "En el día se haya esta ciudad sumamente agitada con motivo de la escasez de pan y precio a que se ha fijado la venta, atendida la carestía de granos y que los ánimos están movidos según lo acredita el pasquín que esta noche se ha fijado contra mi" [5] Lo cierto es que además se había despedido a empleados de la empresa.[6] Parecidos sucesos se repetirían un año mas tarde.  Vallejo pide a Lerena, secretario de  Hacienda, que se les aumente el jornal a los trabajadores:"por no poderse mantener con lo poco que ganan, lo cual ciertamente carece de actualidad, con lo caro de los alimentos  de primera y segunda necesidad"[7]
En 1794 este malestar social provocaría un amotinamiento de mujeres, que en gran numero acudieron  a la casa del alcalde mayor, al que obligaron a vestirse y salir a la plaza  acusándole  de haberse ido a cazar dejando desabastecida la ciudad.  [8]                           

Unos días más tarde vuelven las protestas. Un grupo de vecinos, entre los que se hallan trabajadores de la fábrica, se enfrentan al alcalde al que reprochan la falta de pan, y  este les remite al director  de la fábrica de paños para que se lo proporcione.[9] 

La situación fue adquiriendo características de motín. A las protestas en las calles por la escasez del alimento básico y su encarecimiento, siguió la declaración de  huelga por los trabajadores de la Fábrica; se asaltó a panaderos de Marchamalo  y fue ocupado el posito para impedir la venta de trigo a estos. En la plaza mayor de Guadalajara aparece un pasquín con este texto: 

 "Caballero corregidor, pues eres juez privativo de este pueblo y también eres la justicia mayor, pon gobierno y hoy en día has de surtir la ciudad de pan, sea de Marchamalo o de donde fuera y hazlo si no quieres experimentar lo mismo que el rey de Francia el día pasado haz lo que se te previene o te has de acordar" [10] 

Aunque los Borbones se habían visto obligados a llevar a cabo reformas ante el malestar creciente de amplios sectores sociales producto de  la crisis económica que sacudió a la economía española en los últimos años del siglo XVIII-resultado de la revolución en Francia y de las guerras contra esta e Inglaterra-, de la falta de subsistencias, del alza de los precios subsiguiente  y el miedo a las noticias que llegaban del país vecino, ello no impidió el estallido de nuevas revueltas como en Barcelona y Guadalajara  en las que aparecen en los manifiestos  alusiones  a la revolución en marcha allende los Pirineos.[11] 

Cuando en 1797 los tejedores de sarguetas[12]  fueron a quejarse al director de la fabrica de Guadalajara por la mala calidad de las hilazas[13] que recibían, lo que no les permitía hacer un trabajo adecuado para ganar un salario suficiente, aquél no sólo no escuchó sus peticiones sino que además se les respondió con el envío de un batallón de la guardia.[14]  Durante cuatro días los tejedores "tomaron el partido de suspender sus labores y de estorbar que aquellos individuos pacíficos que querían proseguirlas, lo ejecutasen. Consta que se hicieron fuertes en la Fabrica, resistiendo a salir de ella: que entretanto, una porción de mujeres tumultuadas pedía la cabeza de un maestro: iba a apedrear su casa; y entre ellas se distinguen y nombran dos mujeres de sargueteros. Al otro día de este alboroto prosiguen en la resolución de no trabajar, ni dejar trabajar: se derraman por el pueblo, pidiendo y sacando limosna: en fin las demás fabricas que no tenían ni el mismo interés, ni las mismas pretensiones, dan señales de la misma insubordinación".[15] Aparentemente este hecho no tenia mayor trascendencia que el de una huelga como otras, pero la sorpresa fue mayúscula  cuando el 14 de enero, cuarto día de la huelga, entró en Guadalajara una fuerza militar compuesta por dos escuadrones de caballería y dos batallones de infantería al mando del teniente general Jorge Juan de Guillelmo,[16] ante el miedo de la posible participación de extranjeros en la revuelta. Eran los años de la revolución francesa  y la monarquía, buscaba ante todo,  impedir el contagio revolucionario. Cabarrús[17]  había encontrado una similitud de la huelga de Guadalajara con la revolución francesa al haber "empezado ésta en Paris por la insurrección de los operarios de una fabrica contra el fabricante que los mantenía".[18]En un informe posterior Cabarrús descartó la presencia de agitadores extranjeros y lo achacó al desarraigo de los trabajadores provenientes de otras provincias, que se traducía en una actitud rebelde. La huelga a la que hace referencia Cabarrús son los conflictos de Reveillon, los días 28 y 29 de abril de 1789, que precedieron con alguna antelación al asalto y toma de la Bastilla.[19] El problema se complicó con la falta de pan. El año 1797 es uno de los más castigados por las crisis de subsistencias como lo habían sido 1789 y 1794 e igualmente  lo serán  1798,1803 y 1804. ,  que ocasionaron "una intensa subida de precios en la España Interior"[20]  Bajo el Antiguo Régimen las crisis de subsistencias originadas por la escasez de las cosechas ocasionaban  la especulación y el hambre. El alojamiento del ejército en Guadalajara  fomentaba los desordenes por la inactividad de la tropa la vez que agregaba mas bocas a alimentar precarizando aún mas la situación. En marzo los acusados fueron destinados a trabajos forzados.[21]      

Las ideas y el impacto de la revolución francesa  tuvieron su eco entre las capas populares del Estado Español , desbordando los cinturones de seguridad   que el temor de la monarquía  había interpuesto para impedir su difusión. Aunque aparentemente la sociedad del Antiguo Régimen en España  permanecía inamovible, bajo su superficie  comenzaban a producirse cambios que eran el tanteo para otros de mucha más trascendencia que se producirán en el futuro.     


[1] Villaverde Sastre, M ª. D. "La Real fabrica de paños y la ciudad de Guadalajara". WAD-AL-HAYARA, N. 8, 1981, Pág. 466.
[2] Estambreros: aquellos que fabricaban hilos con las hebras largas obtenidas del vellón de la lana. 
[3] Guadalajara, 27 de junio de 1786. Vallejo a Lerena. A. G. S. Secretaria de Hacienda, 775
[4] González Enciso, A. "Estado e industria en el siglo XVIII: la fábrica de Guadalajara" Fundación Universitaria Española. 1980. Pág.. 271.
[5] Citado por González Enciso, A. en  "Guadalajara, 1751, según las respuestas del Catastro de Ensenada". TABAPRESS. Madrid. 1991. Pág.: 24.
[6] Ibídem
[7] Guadalajara, 1 de junio de 1789 y 4 de febrero de 1790 , Vallejo a Lerena, A. G. S. , Secretaria de Hacienda, 779.1y780.1
[8] Leg. 2257, ext. 7. Consejos, A. H. N.
[9]    "       "   ,   " . ".       "       ,  ".  ".  ".
[10] Villaverde Sastre, M ª. D.  Op. Cit. Pag . 467
[11] Pérez Ledesma, M. "Sociedad y conflicto social" en Enciclopedia de Hª de España, dirigida por Manuel Artola. Alianza Editorial S. A. Madrid. 1988. Tomo I. Págs. 667-668.
[12] Sarguetas: tela de lana o estambre cuyo tejido forma unas líneas diagonales.
[13] Hilaza: hilo basto con que se teje cualquier tela.
[14] González Enciso, A., "Estado e Industria en el siglo XVIII: la fabrica de Guadalajara". Fundación Universitaria Española. 1980. Pág. 467
[15] Guadalajara, 16 de febrero de 1797. Informe del conde de Cabarrús al Príncipe de la Paz sobre lo ocurrido en la fabrica. A. H. N. Consejos, 3027, C.2, Exp. 152.
[16] Guadalajara, 14 de enero de 1797. Pedro Ceballos y Jorge Juan de Guillelmo y Andrada al Príncipe de la Paz. A. H. N. Consejos, 3027, C 2, Exp. 152.
[17] Francisco Cabarrús, conde  de Cabarrús,  (Bayona, 1752-Sevilla, 1810), financiero y político español de origen francés. Director del Banco de San Carlos. Consejero de Estado de Godoy. Defensor de la libertad de comercio. Encarcelado por sus ideas enciclopedistas. desterrado en 1800-1808. secretario de hacienda con José I
[18] Guadalajara, 16 de febrero de 1797. Informe del conde de Cabarrús al Príncipe de la Paz sobre lo ocurrido en la fabrica. A. H. N. Consejos, 3027, C 2, Exp. 152.
[19] Kropotkin. Piotr, "Historia de la Revolución Francesa"  , Vergara. Barcelona. 2005. Pág.: 60
[20] Anes, Gonzalo: "Las crisis agrarias en la España moderna", Madrid. Taurus. 1970. Pág. 432.
[21] González Enciso, A. Ops. cit. Pág.: 467.

jueves, 4 de noviembre de 2010

GUADALAJARA, 1719. LOS OBREROS DE LA FÁBRICA DEL REY DECLARAN LA HUELGA

Enrique Alejandre Torija

La dinastía borbónica implantada en España como consecuencia del desenlace de la guerra de Sucesión (1701-1713) puso en práctica una nueva política económica orientada a superar el atraso económico del país y a recuperar el mercado externo e interno, inundado este de enormes cantidades de productos manufacturados en Francia, Holanda, Inglaterra..., que conllevaba la salida del país de grandes sumas de dinero, en detrimento de los fondos de la Real Hacienda.

Para ello optó por la creación de Manufacturas Reales, como la Real Fabrica de Paños de Guadalajara, instalada en esta ciudad por su cercania a Madrid, residencia de la corte real y la alta nobleza, principales consumidores de paños finos; por la existencia de leña, agua abundante y materias primas necesarias (la lana entre ellas) para la producción, fáciles de encontrar en sus proximidades. Situada junto al camino real que enlazaba Madrid con Aragón y Cataluña se facilitaba la comercialización de sus productos y fue decisivo el deseo de Felipe V de premiar la fidelidad política que la ciudad le había demostrado en la guerra de Sucesión,[1] de la que había salido muy malparada. La fabrica se ubicó en el palacio de los marqueses de Montes Claros, el mismo que en 1833, una vez cerrada la fabrica, albergaría la Academia de Ingenieros.

Una de las consecuencias de la crisis pañera en Castilla durante el siglo precedente fue la perdida de mano de obra cualificada. Si las nuevas empresas querían desbancar a sus competidores extranjeros, era necesario, dado el atraso tecnológico de la industria española, traer especialistas de los países adelantados, que además enseñaran las técnicas a los naturales del país.

Felipe V había encargado al barón Juan Guillermo de Riperdá la instalación de esta fabrica. La elección no fue por azar, pues su origen holandés facilitó la contratación de trabajadores de esta nacionalidad. La crisis textil en la ciudad holandesa de Leiden influyo en que fuera aquí donde se contrataran a los primeros expertos holandeses.[2]

A finales de 1717 llegan al puerto de Santander 50 tejedores con 50 telares, encabezados por Guillermo Turíng, fabricante de Ámsterdam, nombrado director de los trabajadores holandeses por el embajador español. Viajan hasta Aceca (Toledo) donde en su castillo comienzan la producción. Pero una epidemia de fiebres tercianas se lleva la vida de Turíng, y la de otros holandeses, por las malas condiciones higiénicas . Esto, unido a las dificultades para el aprovisionamiento de géneros necesarios para la producción, el rigor del clima, etc, hizo que se trasladara la fabrica a Guadalajara por consejo de Riperdá.

Juan Guillermo de Riperdá se había hecho cargo de la dirección de la fábrica en 1718, pero a la llegada de los holandeses a Guadalajara en enero de 1719, el que había sido principal artífice de su traída ya no se hallaba al frente de la misma. Desde entonces, por un breve periodo cada uno, tres directores inoperantes habían ocupado la dirección de la factoría con menoscabo de su funcionamiento. La Real Hacienda nombra director a José Aguado Correa para frenar la desorganización de la misma.

Aguado actúa con efectividad, tratando de hacer rentable la empresa. Para ello reduce gastos innecesarios y los salarios establecidos en los contratos que se habían pactado en Holanda. Una de las cláusulas del “convenio” establecido entre Riperdá y los holandeses decía que una vez llegados los mismos “al lugar destinado para fábrica-sin especificar una ciudad o pueblo determinado- llevaran por día los tundidores treinta placas, quitados los domingos y días de fiesta, pero cuando empezaran a trabajar ganaran cuatro placas por hora, según la ordenanza de Leyden...”. Para los tejedores el pago se establecía proporcionalmente a la cantidad de varas tejidas, “y mientras no trabajasen llevarían veinte placas[3] por día”,[4] por lo que cabe deducir que el cuantioso gasto que debió suponer el traslado de Holanda a España, el abono de los días no trabajados empleados en la marcha de Aceca a Guadalajara por los tejedores y las jornadas pérdidas por la propia desorganización de la fábrica que impedía proporcionarles trabajo permanente, motivasen la rebaja salarial. A lo anterior se une el maltrato que reciben los holandeses, lo que desata la revuelta: “pocos días después se alborotaron de tal suerte los ánimos de estos operarios ...que se podía temer algún atropello[5], según relata el conde de Medina, corregidor de Guadalajara. Este solicitó el auxilio de una guardia de infantería para mantener el orden. Tras dos semanas de agitación parece volver la calma cuando los trabajadores perciben su paga como habían convenido con Aguado, pero los ánimos vuelven a encresparse cuando una semana después comprueban que este persiste en la rebaja de los salarios. Es entonces cuando deciden abandonar todos el trabajo y enviar una representación al rey Felipe V pidiendo la destitución de Aguado, además del respeto a sus contratos, como informa Medina: “...llegó a tal estado la desazón de los operarios que dejaron todos de una vez el trabajo, y hicieron su representación al rey para que su majestad se dignase mandar que se les mantuviesen en el todo de sus capitulaciones, y que no se alterase en modo alguno el modo de sus obrajes[6]. En un informe posterior de Aguado sobre los hechos dice: que a su llegada cesaron en el trabajo los mas obreros y ha reconocido en ellos tres partidos. Uno indiferente hacia Aguado que deja de trabajar a persuasión de otro partido que los amenaza y un tercero que trabaja sin novedad aunque es el partido mayor”[7] El gobierno envió un comisionado –Gaspar de Zorrilla, alcalde de la corte- para hacer averiguaciones, y durante el tiempo que duraron estas los holandeses mantuvieron el paro hasta que fue relevado Aguado, que fue sustituido por Riperdá. La determinación de los huelguistas fue tal, que ni la mediación de un sacerdote enviado por Aguado les hizo variar su postura: Que tuvo por conveniente que el Padre Toledo les amonestase[8] estaban perdonados de sus pecados y desaciertos y que solo es a la comisión de Aguado el que en adelante procurasen atender a su obligación, a lo cual respondieron al padre Toledo que estaban juramentados de no trabajar si volviese allí Aguado...”[9] Tras ser repuesto Riperdá sus compatriotas finalizaron inmediatamente la huelga intermitente (que se prolongó durante más de treinta días en varios periodos ) que mantuvieron durante diez meses.

Aguado había estado rodeado de otros administradores más atentos a su particular beneficio –que obtenían de la empresa-, que a la buena marcha de esta, por lo que no veían con buenos ojos la reorganización que Aguado pretendía, por cuanto perjudicaba sus intereses. La facción de Riperdá, dispuesta a recuperar la dirección de la fábrica, aprovechando la dureza de Aguado con los trabajadores, se apoyó en estos, alentándoles en su postura hasta conseguir la salida de Aguado.

La actuación de Aguado resultó ser el detonante de la situación de malestar que existía entre los trabajadores holandeses ante la “recepción” que les había dispensado la administración española. Las buenas relaciones de Riperdá con sus compatriotas hizo que estos aceptaran volver al trabajo, con la rebaja salarial impuesta por Aguado.[10] No obstante, la mayoría prefirió volver a Holanda: Dicen que por repetidas memorias les han pedido a S. M. justicia sobre los malos tratamientos que han recibido, y sobre que sean tratados según la Convención que con ellos se estipuló en Holanda, en el real nombre de S. M.. Que continuándose después sucesivamente sus desdichas, se vieron precisados a pedir a S. M. su pasaporte para poder volverse a la patria...[11]

La huelga de los especialistas holandeses de la Real Fábrica de Guadalajara en 1719 inauguraba la serie de conflictos laborales que, hasta su cierre en 1822, acompaño la vida de esta empresa. No fueron los únicos. Durante el siglo XVIII en la fabrica de algodón de Ávila, en la de paños de Béjar, en los astilleros de El Ferrol..., los trabajadores protagonizaron otros paros y protestas cuando sus condiciones de trabajo se vieron afectadas. Estas luchas eran el presagio del surgimiento de un nuevo movimiento, el de los trabajadores, que desde el siglo XIX a nuestros días protagoniza la disputa continua contra aquellos que detentan los medios de producción, por el reparto de los frutos de su trabajo.



[1] García Ballesteros, A., “La Real Fabrica de paños de Guadalajara en el siglo XVIII” en ESTUDIOS GEOGRAFICOS. Febrero-Marzo 1975. CSIC Instituto Juan Sebastián Elcano XXXVI, 138-139 MADRID. Págs. 374,375,376 y 377.

[2] Tascon, J. y López Martín , I. en “Los holandeses y la empresa publica. Huelga en la fabrica del rey. 1719-1720” en Actas del III Congreso Astur-Gallego de Sociología. Expectativas de la Sociedad del Bienestar. Oviedo. 1996, Vol. I. Pág. 103.

[3] Placa: moneda holandesa de la época.

[4] LARRUGA Y BONETA, E. Ops cit Tomo XIV, Memoria LXXIII, Págs.: 134 y 135

[5] Archivo General de Simancas, Hacienda-Secretaria, leg. 759, citado por Callahan W. J. en “Conflictos laborales en el siglo XVIII”, en Boletín del Seminario de Derecho Político, n.º 32, Salamanca, 1964, Pág.:73

[6] A. G. S, ibídem , citado por Callahan W. J., en ops.cit.

[7] Archivo Histórico Nacional, Estado, 755.

[8] Advirtiese

[9] A. H. N. Estado, leg. 755.

[10] Callahan, W.J., ops. cit.

[11] A. H. N. , Estado, 755