Mostrando entradas con la etiqueta Siglo XVIII. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Siglo XVIII. Mostrar todas las entradas

miércoles, 5 de enero de 2011

INTRAMUROS


                                    
                                                                                               
                                                                                                    Enrique  Alejandre Torija

            “Hoy se ve, que no habiendo la mitad de gente que solía, hay doblados religiosos, clérigos, y estudiantes; por que ya no hallan otro modo de vivir, ni de poder sustentarse. La razón fundamental es, porque hasta pocos años ha el cuerpo  y nervio, eran los oficiales,. como se fabricaba tanto para España y toda Europa, y las Indias, un oficial, o labrador, casaba su hija con un pobre mozo, como tuviese oficio, con que  ganaba tan de ordinario una comida, que parecía renta: de donde emanó el proverbio del siglo dorado nuestro quien ha oficio, ha beneficio, porque había tanto, en que ganar de comer, que era renta perpetua como beneficio eclesiástico. Y viendo que ya no hay donde ganar un real, no quieren enlodar sus hijas, ni hijos, sino que estudien, y que sean monjas, clérigos, y religiosos; porque el oficio ya ha venido a ser maleficio, y de oprobio para el que lo tiene pues no le sustenta”
                                                                                       Representación de la Universidad de  Toledo al rey Felipe III[1]

           En el siglo XVII una terrible crisis económica sacudía los reinos hispánicos, afectando especialmente a Castilla, cuya población se veía reducida en proporciones   drásticas. De entre las causas que ahora llevaban a la ruina a la que hasta ayer había sido la principal potencia manufacturera de Europa, como eran las guerras de Flandes, la  llegada de los metales preciosos de las Indias, la desconsideración hacia el trabajo manual, el lujo cortesano, la entrada en el país de mercancías extranjeras, la expulsión de los moriscos...., no era la menor el excesivo número de religiosos que existía en el reino viviendo a expensas de las rentas de la Iglesia. La ausencia de alternativas a la subsistencia llevaba a que muchos “se ponen a frailes como oficio”[2]. En la misma ciudad de Guadalajara, cuya decadencia era acusada en el siglo XVII, existían catorce conventos.[3] Ya en la segunda mitad de la centuria anterior  el número de eclesiásticos se acercaba al millar.[4] Todavía a mediados del siglo XVIII había trece cenobios y cuatrocientos individuos que hacían profesión de vida religiosa, en una población que no superaba los 5.200 habitantes.[5]

        En el siglo XIX, la desamortización de Mendizábal llevaría a la desaparición de muchos claustros e iglesias en las ciudades españolas, iniciándose así su transformación urbana donde los inmuebles religiosos son aprovechados con frecuencia para, tras ser reformados, instalar organismos  oficiales, o abrir nuevos espacios urbanos en caso de su derribo.

         La Iglesia Católica en España conservaba un enorme poder económico y político a principios del siglo XX. Las distintas corrientes del movimiento obrero(anarquistas, republicanos, socialistas) tenían el nexo común del anticlericalismo. Este, que había constituido un elemento propio del ideario de la burguesía en los orígenes del liberalismo, era adoptado ahora por la clase trabajadora que desertaba en masa  de las prácticas religiosas. En 1909, durante la “semana trágica” de Barcelona, la ira popular se  orientó a la quema y destrucción de iglesias y claustros católicos, al igual que ya lo había hecho en revoluciones precedentes. Como aconteció en Guadalajara en 1868, tras el destronamiento de Isabel II y  la proclamación de la Junta Provisional de Gobierno en la ciudad, cuando el 30 de septiembre de 1868 no menos de doscientos personas se concentraron en la Plaza de Carmen, frente al convento de las franciscanas concepcionistas donde se hallaba  Sor Patrocinio, “la monja de las llagas”, con el objeto de asaltarlo. La intrigas de esta monja en la corrompida corte  de Isabel II, sobre la que ejercía gran influencia, fueron causa de esta expresión  de  repulsa del pueblo de Guadalajara  hacia la  reina y su  consejera. Tras el intento de derribar a hachazos las puertas del convento, la crítica situación de las monjas se solventó por la intervención  de algún republicano, que tenía allí a dos  hijas  internadas. Transcurridos  unos días, Sor Patrocinio hubo de huir  por la noche, auxiliada por algunas personalidades de la ciudad.[6]


         En el mes de septiembre de 1911, el Ayuntamiento .de Guadalajara, presidido por el alcalde romanonista Miguel Fluiters decidió derribar la  parte ruinosa  de uno de los conventos existentes en Guadalajara: el de Santa Clara-como igualmente lo había hecho con casas colindantes en muy mal estado-ante el peligro que representaba para el vecindario y las mismas monjas, en el que además existía un cementerio que constituía un permanente foco de infección. Se trataba por otra parte de ensanchar la que entonces era la principal vía ciudadana, la calle Mayor baja, al objeto de facilitar la vida  comercial  y con ella el progreso de una localidad, del que no andaba sobrada. La Federación Obrera de Guadalajara (UGT) apoyó esta medida  con el visto bueno de sus concejales- Fernado Relaño Mayor, José Dombriz Corrales y Luis Martín Lerena-,[7] que de paso ofrecía algunos empleos a la clase trabajadora local, de los que tan necesitada estaba.

         No sin polémicas y resistencias se acometieron por fin las demoliciones. Las monjas demandaron al Gobernador civil y al Juez de primera instancia el procesamiento del alcalde e incluso se llegó a pedir su excomunión.[8] Los elementos mas clericales  llevaron a cabo una tenaz campaña contra esta decisión municipal. Para zanjar el asunto el conde  de Romanones ofreció al Arzobispo de Toledo la compra del edificio a expensas de su propio pecunio, lo que se llevó a cabo por la módica cantidad de 60.000 pesetas. No descuidaba sus intereses Álvaro de Figueroa, pues llevó a efecto un gran negocio al construir un  hotel (Hotel España) en la parte del convento limítrofe con la calle Mayor y vender los solares y materiales del que había sido inmenso inmueble.[9]

          Tras la marcha de la monjas el público pudo acceder libremente al convento. El entonces órgano de prensa de la UGT arriacense, Juventud Obrera, dirigido en aquellos días por el republicano Tomás de la Rica, transmitía estas impresiones sobre lo allí visto:  

            Ya han dejado de llorar algunos demócratas de sacristía con motivo de la marcha de las Monjas de Santa Clara.
             En su fervor místico han llegado  hasta el extremo de llamar canallas y borrachos a los obreros que  sean ocupados en el derribo de este inmundo y ruinoso edificio.
             Para vocabulario grosero el de estos clericales.
             Merecían que los atasen a la argolla que tenían preparada las Monjas, para las madres que se volvían locas.

                                                                       _
            Y a propósito de esa argolla.
            Todas cuantas personas han visitado ese convento, han tenido ocasión de contemplar un cuarto cuya puerta estaba provista de dos fuertes cerrojos y dos cerraduras.
            A la izquierda  de esa puerta había una ventanilla con una mirilla y un hierro con candado para que no se pudiese abrir.
           En ese cuarto y a una altura de treinta centímetros se veía una argolla de hierro adosada a la pared.
            Las Monjas, que antes de abandonar el convento destrozaron el coro y la iglesia para llevarse altares, sepulcros y estatuas de mérito, no tuvieron la precaución de hacer desaparecer del cuarto citado las señales del martirio, cosa de que ahora se ha cuidado alguien pues ya no está la argolla ni el ventanillo de la mirilla.
           No ha quedado mas que la puerta con las dos cerraduras.
          Dicen que ese cuarto estuvo destinado a una Monja que se volvió loca.
          ¿Pero es que además de tantos cerrojos y cerraduras, había necesidad de amarrar en blanco a aquella desgraciada enferma?
           ¡Pero vaya unos sistemas de curación que se usan en los conventos![10]


[1]  Nota en Rodríguez Campomanes., Pedro: “Discurso sobre la educación popular de los cortesanos y su fomento”. Madrid. Imprenta de D. Antonio de Sancha. 1775. Pág.: 416
[2] Manrique, Fr. Ángel , “Socorro que el estado Eclesiástico de España parece podría hacer al Rey N. S. en el aprieto de la hacienda en que se haya, con menor mengua de su inmunidad, y autoridad, y provecho mayor suyo, y del Reino”. Salamanca. Imp. De A. Ramírez, 1624, cap. VII, 7
[3] Herrera Casado, Antonio, “H ª de Guadalajara”, Guadalajara. 1992. El Decano. Pág.: 147
[4]                       ,            ,  “”                       “,                  .       .               .        :174
[5] A .G. S. , Dirección General de Rentas, 1ª remesa, libro 306, folio 97.
[6] Cordavias. Luis, “Memorias de un periodista alcarreño”, publicadas en NUEVA  ALCARRIA en los años 1945 y 1946.
[7] AMGU. Acta del Pleno del Ayuntamiento de Guadalajara, 13-9-1911
[8] FLORES Y ABEJAS, 24-9-1911
[9] Diges Antón, J., “Resumen histórico del convento de las monjas Clarisas de Guadalajara”. Guadalajara. 1917.
[10] Reproducido en EL MOTIN, 19-9-1912. Hemeroteca Nacional

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Guadalajara 1789-97. Despidos, salario escaso, falta de pan y el contagio de la Revolución Francesa


Enrique Alejandre  Torija  

"En esta ciudad la manufactura real experimentó una inquietud laboral durante mucho tiempo y frecuentes incidentes, que no equivalían todavía a un movimiento de la clase obrera, pero que demuestra que los trabajadores eran capaces de realizar acciones individuales y colectivas para conseguir mejoras salariales, mejores condiciones y procedimientos legítimos."
 
                                                                            J. Lynch. "La España del siglo XVIII"
 
Desde su creación en 1719, la Real Fábrica de Paños de Guadalajara fue escenario de frecuentes conflictos laborales en la que sus trabajadores dieron muestra de gran combatividad. 

En los últimos años del siglo XVIII las demandas laborales confluyeron con agudas crisis de subsistencias y la aparición de propaganda  alusiva al destronamiento de la monarquía en el vecino país de Francia,  causando la alarma en la  corte borbónica que no dudó en enviar tropas a Guadalajara. 

En el año 1789 la ciudad sufre las consecuencias de una mala cosecha que da lugar a la  escasez de pan y  su encarecimiento, lo que obliga a  disponer del grano guardado en los pósitos de la ciudad  y a comprar trigo con   dinero de la Real Fabrica. [1] Tres años antes, la misma situación había  obligado a las autoridades  a tomar  medidas de aprovisionamiento "porque siendo las dos terceras partes de la población,(los obreros de la fabrica)... los mas temibles por su indocilidad... por las consecuencias que podían resultar de su falta de alimento tan indispensable, como porque abandonarían sus labores y quedarían desiertos los despachos y oficinas de tejedores, cardadores, estambreros[2] y demás clases que compone la fabrica"[3] Esta situación  da lugar en el año mencionado a una agitación de los obreros de la fabrica, que colocaron  pasquines contra Miguel Vallejo, director de la misma,[4] que informa así a instancias mas altas sobre el momento que se vive en Guadalajara: "En el día se haya esta ciudad sumamente agitada con motivo de la escasez de pan y precio a que se ha fijado la venta, atendida la carestía de granos y que los ánimos están movidos según lo acredita el pasquín que esta noche se ha fijado contra mi" [5] Lo cierto es que además se había despedido a empleados de la empresa.[6] Parecidos sucesos se repetirían un año mas tarde.  Vallejo pide a Lerena, secretario de  Hacienda, que se les aumente el jornal a los trabajadores:"por no poderse mantener con lo poco que ganan, lo cual ciertamente carece de actualidad, con lo caro de los alimentos  de primera y segunda necesidad"[7]
En 1794 este malestar social provocaría un amotinamiento de mujeres, que en gran numero acudieron  a la casa del alcalde mayor, al que obligaron a vestirse y salir a la plaza  acusándole  de haberse ido a cazar dejando desabastecida la ciudad.  [8]                           

Unos días más tarde vuelven las protestas. Un grupo de vecinos, entre los que se hallan trabajadores de la fábrica, se enfrentan al alcalde al que reprochan la falta de pan, y  este les remite al director  de la fábrica de paños para que se lo proporcione.[9] 

La situación fue adquiriendo características de motín. A las protestas en las calles por la escasez del alimento básico y su encarecimiento, siguió la declaración de  huelga por los trabajadores de la Fábrica; se asaltó a panaderos de Marchamalo  y fue ocupado el posito para impedir la venta de trigo a estos. En la plaza mayor de Guadalajara aparece un pasquín con este texto: 

 "Caballero corregidor, pues eres juez privativo de este pueblo y también eres la justicia mayor, pon gobierno y hoy en día has de surtir la ciudad de pan, sea de Marchamalo o de donde fuera y hazlo si no quieres experimentar lo mismo que el rey de Francia el día pasado haz lo que se te previene o te has de acordar" [10] 

Aunque los Borbones se habían visto obligados a llevar a cabo reformas ante el malestar creciente de amplios sectores sociales producto de  la crisis económica que sacudió a la economía española en los últimos años del siglo XVIII-resultado de la revolución en Francia y de las guerras contra esta e Inglaterra-, de la falta de subsistencias, del alza de los precios subsiguiente  y el miedo a las noticias que llegaban del país vecino, ello no impidió el estallido de nuevas revueltas como en Barcelona y Guadalajara  en las que aparecen en los manifiestos  alusiones  a la revolución en marcha allende los Pirineos.[11] 

Cuando en 1797 los tejedores de sarguetas[12]  fueron a quejarse al director de la fabrica de Guadalajara por la mala calidad de las hilazas[13] que recibían, lo que no les permitía hacer un trabajo adecuado para ganar un salario suficiente, aquél no sólo no escuchó sus peticiones sino que además se les respondió con el envío de un batallón de la guardia.[14]  Durante cuatro días los tejedores "tomaron el partido de suspender sus labores y de estorbar que aquellos individuos pacíficos que querían proseguirlas, lo ejecutasen. Consta que se hicieron fuertes en la Fabrica, resistiendo a salir de ella: que entretanto, una porción de mujeres tumultuadas pedía la cabeza de un maestro: iba a apedrear su casa; y entre ellas se distinguen y nombran dos mujeres de sargueteros. Al otro día de este alboroto prosiguen en la resolución de no trabajar, ni dejar trabajar: se derraman por el pueblo, pidiendo y sacando limosna: en fin las demás fabricas que no tenían ni el mismo interés, ni las mismas pretensiones, dan señales de la misma insubordinación".[15] Aparentemente este hecho no tenia mayor trascendencia que el de una huelga como otras, pero la sorpresa fue mayúscula  cuando el 14 de enero, cuarto día de la huelga, entró en Guadalajara una fuerza militar compuesta por dos escuadrones de caballería y dos batallones de infantería al mando del teniente general Jorge Juan de Guillelmo,[16] ante el miedo de la posible participación de extranjeros en la revuelta. Eran los años de la revolución francesa  y la monarquía, buscaba ante todo,  impedir el contagio revolucionario. Cabarrús[17]  había encontrado una similitud de la huelga de Guadalajara con la revolución francesa al haber "empezado ésta en Paris por la insurrección de los operarios de una fabrica contra el fabricante que los mantenía".[18]En un informe posterior Cabarrús descartó la presencia de agitadores extranjeros y lo achacó al desarraigo de los trabajadores provenientes de otras provincias, que se traducía en una actitud rebelde. La huelga a la que hace referencia Cabarrús son los conflictos de Reveillon, los días 28 y 29 de abril de 1789, que precedieron con alguna antelación al asalto y toma de la Bastilla.[19] El problema se complicó con la falta de pan. El año 1797 es uno de los más castigados por las crisis de subsistencias como lo habían sido 1789 y 1794 e igualmente  lo serán  1798,1803 y 1804. ,  que ocasionaron "una intensa subida de precios en la España Interior"[20]  Bajo el Antiguo Régimen las crisis de subsistencias originadas por la escasez de las cosechas ocasionaban  la especulación y el hambre. El alojamiento del ejército en Guadalajara  fomentaba los desordenes por la inactividad de la tropa la vez que agregaba mas bocas a alimentar precarizando aún mas la situación. En marzo los acusados fueron destinados a trabajos forzados.[21]      

Las ideas y el impacto de la revolución francesa  tuvieron su eco entre las capas populares del Estado Español , desbordando los cinturones de seguridad   que el temor de la monarquía  había interpuesto para impedir su difusión. Aunque aparentemente la sociedad del Antiguo Régimen en España  permanecía inamovible, bajo su superficie  comenzaban a producirse cambios que eran el tanteo para otros de mucha más trascendencia que se producirán en el futuro.     


[1] Villaverde Sastre, M ª. D. "La Real fabrica de paños y la ciudad de Guadalajara". WAD-AL-HAYARA, N. 8, 1981, Pág. 466.
[2] Estambreros: aquellos que fabricaban hilos con las hebras largas obtenidas del vellón de la lana. 
[3] Guadalajara, 27 de junio de 1786. Vallejo a Lerena. A. G. S. Secretaria de Hacienda, 775
[4] González Enciso, A. "Estado e industria en el siglo XVIII: la fábrica de Guadalajara" Fundación Universitaria Española. 1980. Pág.. 271.
[5] Citado por González Enciso, A. en  "Guadalajara, 1751, según las respuestas del Catastro de Ensenada". TABAPRESS. Madrid. 1991. Pág.: 24.
[6] Ibídem
[7] Guadalajara, 1 de junio de 1789 y 4 de febrero de 1790 , Vallejo a Lerena, A. G. S. , Secretaria de Hacienda, 779.1y780.1
[8] Leg. 2257, ext. 7. Consejos, A. H. N.
[9]    "       "   ,   " . ".       "       ,  ".  ".  ".
[10] Villaverde Sastre, M ª. D.  Op. Cit. Pag . 467
[11] Pérez Ledesma, M. "Sociedad y conflicto social" en Enciclopedia de Hª de España, dirigida por Manuel Artola. Alianza Editorial S. A. Madrid. 1988. Tomo I. Págs. 667-668.
[12] Sarguetas: tela de lana o estambre cuyo tejido forma unas líneas diagonales.
[13] Hilaza: hilo basto con que se teje cualquier tela.
[14] González Enciso, A., "Estado e Industria en el siglo XVIII: la fabrica de Guadalajara". Fundación Universitaria Española. 1980. Pág. 467
[15] Guadalajara, 16 de febrero de 1797. Informe del conde de Cabarrús al Príncipe de la Paz sobre lo ocurrido en la fabrica. A. H. N. Consejos, 3027, C.2, Exp. 152.
[16] Guadalajara, 14 de enero de 1797. Pedro Ceballos y Jorge Juan de Guillelmo y Andrada al Príncipe de la Paz. A. H. N. Consejos, 3027, C 2, Exp. 152.
[17] Francisco Cabarrús, conde  de Cabarrús,  (Bayona, 1752-Sevilla, 1810), financiero y político español de origen francés. Director del Banco de San Carlos. Consejero de Estado de Godoy. Defensor de la libertad de comercio. Encarcelado por sus ideas enciclopedistas. desterrado en 1800-1808. secretario de hacienda con José I
[18] Guadalajara, 16 de febrero de 1797. Informe del conde de Cabarrús al Príncipe de la Paz sobre lo ocurrido en la fabrica. A. H. N. Consejos, 3027, C 2, Exp. 152.
[19] Kropotkin. Piotr, "Historia de la Revolución Francesa"  , Vergara. Barcelona. 2005. Pág.: 60
[20] Anes, Gonzalo: "Las crisis agrarias en la España moderna", Madrid. Taurus. 1970. Pág. 432.
[21] González Enciso, A. Ops. cit. Pág.: 467.

jueves, 4 de noviembre de 2010

GUADALAJARA, 1719. LOS OBREROS DE LA FÁBRICA DEL REY DECLARAN LA HUELGA

Enrique Alejandre Torija

La dinastía borbónica implantada en España como consecuencia del desenlace de la guerra de Sucesión (1701-1713) puso en práctica una nueva política económica orientada a superar el atraso económico del país y a recuperar el mercado externo e interno, inundado este de enormes cantidades de productos manufacturados en Francia, Holanda, Inglaterra..., que conllevaba la salida del país de grandes sumas de dinero, en detrimento de los fondos de la Real Hacienda.

Para ello optó por la creación de Manufacturas Reales, como la Real Fabrica de Paños de Guadalajara, instalada en esta ciudad por su cercania a Madrid, residencia de la corte real y la alta nobleza, principales consumidores de paños finos; por la existencia de leña, agua abundante y materias primas necesarias (la lana entre ellas) para la producción, fáciles de encontrar en sus proximidades. Situada junto al camino real que enlazaba Madrid con Aragón y Cataluña se facilitaba la comercialización de sus productos y fue decisivo el deseo de Felipe V de premiar la fidelidad política que la ciudad le había demostrado en la guerra de Sucesión,[1] de la que había salido muy malparada. La fabrica se ubicó en el palacio de los marqueses de Montes Claros, el mismo que en 1833, una vez cerrada la fabrica, albergaría la Academia de Ingenieros.

Una de las consecuencias de la crisis pañera en Castilla durante el siglo precedente fue la perdida de mano de obra cualificada. Si las nuevas empresas querían desbancar a sus competidores extranjeros, era necesario, dado el atraso tecnológico de la industria española, traer especialistas de los países adelantados, que además enseñaran las técnicas a los naturales del país.

Felipe V había encargado al barón Juan Guillermo de Riperdá la instalación de esta fabrica. La elección no fue por azar, pues su origen holandés facilitó la contratación de trabajadores de esta nacionalidad. La crisis textil en la ciudad holandesa de Leiden influyo en que fuera aquí donde se contrataran a los primeros expertos holandeses.[2]

A finales de 1717 llegan al puerto de Santander 50 tejedores con 50 telares, encabezados por Guillermo Turíng, fabricante de Ámsterdam, nombrado director de los trabajadores holandeses por el embajador español. Viajan hasta Aceca (Toledo) donde en su castillo comienzan la producción. Pero una epidemia de fiebres tercianas se lleva la vida de Turíng, y la de otros holandeses, por las malas condiciones higiénicas . Esto, unido a las dificultades para el aprovisionamiento de géneros necesarios para la producción, el rigor del clima, etc, hizo que se trasladara la fabrica a Guadalajara por consejo de Riperdá.

Juan Guillermo de Riperdá se había hecho cargo de la dirección de la fábrica en 1718, pero a la llegada de los holandeses a Guadalajara en enero de 1719, el que había sido principal artífice de su traída ya no se hallaba al frente de la misma. Desde entonces, por un breve periodo cada uno, tres directores inoperantes habían ocupado la dirección de la factoría con menoscabo de su funcionamiento. La Real Hacienda nombra director a José Aguado Correa para frenar la desorganización de la misma.

Aguado actúa con efectividad, tratando de hacer rentable la empresa. Para ello reduce gastos innecesarios y los salarios establecidos en los contratos que se habían pactado en Holanda. Una de las cláusulas del “convenio” establecido entre Riperdá y los holandeses decía que una vez llegados los mismos “al lugar destinado para fábrica-sin especificar una ciudad o pueblo determinado- llevaran por día los tundidores treinta placas, quitados los domingos y días de fiesta, pero cuando empezaran a trabajar ganaran cuatro placas por hora, según la ordenanza de Leyden...”. Para los tejedores el pago se establecía proporcionalmente a la cantidad de varas tejidas, “y mientras no trabajasen llevarían veinte placas[3] por día”,[4] por lo que cabe deducir que el cuantioso gasto que debió suponer el traslado de Holanda a España, el abono de los días no trabajados empleados en la marcha de Aceca a Guadalajara por los tejedores y las jornadas pérdidas por la propia desorganización de la fábrica que impedía proporcionarles trabajo permanente, motivasen la rebaja salarial. A lo anterior se une el maltrato que reciben los holandeses, lo que desata la revuelta: “pocos días después se alborotaron de tal suerte los ánimos de estos operarios ...que se podía temer algún atropello[5], según relata el conde de Medina, corregidor de Guadalajara. Este solicitó el auxilio de una guardia de infantería para mantener el orden. Tras dos semanas de agitación parece volver la calma cuando los trabajadores perciben su paga como habían convenido con Aguado, pero los ánimos vuelven a encresparse cuando una semana después comprueban que este persiste en la rebaja de los salarios. Es entonces cuando deciden abandonar todos el trabajo y enviar una representación al rey Felipe V pidiendo la destitución de Aguado, además del respeto a sus contratos, como informa Medina: “...llegó a tal estado la desazón de los operarios que dejaron todos de una vez el trabajo, y hicieron su representación al rey para que su majestad se dignase mandar que se les mantuviesen en el todo de sus capitulaciones, y que no se alterase en modo alguno el modo de sus obrajes[6]. En un informe posterior de Aguado sobre los hechos dice: que a su llegada cesaron en el trabajo los mas obreros y ha reconocido en ellos tres partidos. Uno indiferente hacia Aguado que deja de trabajar a persuasión de otro partido que los amenaza y un tercero que trabaja sin novedad aunque es el partido mayor”[7] El gobierno envió un comisionado –Gaspar de Zorrilla, alcalde de la corte- para hacer averiguaciones, y durante el tiempo que duraron estas los holandeses mantuvieron el paro hasta que fue relevado Aguado, que fue sustituido por Riperdá. La determinación de los huelguistas fue tal, que ni la mediación de un sacerdote enviado por Aguado les hizo variar su postura: Que tuvo por conveniente que el Padre Toledo les amonestase[8] estaban perdonados de sus pecados y desaciertos y que solo es a la comisión de Aguado el que en adelante procurasen atender a su obligación, a lo cual respondieron al padre Toledo que estaban juramentados de no trabajar si volviese allí Aguado...”[9] Tras ser repuesto Riperdá sus compatriotas finalizaron inmediatamente la huelga intermitente (que se prolongó durante más de treinta días en varios periodos ) que mantuvieron durante diez meses.

Aguado había estado rodeado de otros administradores más atentos a su particular beneficio –que obtenían de la empresa-, que a la buena marcha de esta, por lo que no veían con buenos ojos la reorganización que Aguado pretendía, por cuanto perjudicaba sus intereses. La facción de Riperdá, dispuesta a recuperar la dirección de la fábrica, aprovechando la dureza de Aguado con los trabajadores, se apoyó en estos, alentándoles en su postura hasta conseguir la salida de Aguado.

La actuación de Aguado resultó ser el detonante de la situación de malestar que existía entre los trabajadores holandeses ante la “recepción” que les había dispensado la administración española. Las buenas relaciones de Riperdá con sus compatriotas hizo que estos aceptaran volver al trabajo, con la rebaja salarial impuesta por Aguado.[10] No obstante, la mayoría prefirió volver a Holanda: Dicen que por repetidas memorias les han pedido a S. M. justicia sobre los malos tratamientos que han recibido, y sobre que sean tratados según la Convención que con ellos se estipuló en Holanda, en el real nombre de S. M.. Que continuándose después sucesivamente sus desdichas, se vieron precisados a pedir a S. M. su pasaporte para poder volverse a la patria...[11]

La huelga de los especialistas holandeses de la Real Fábrica de Guadalajara en 1719 inauguraba la serie de conflictos laborales que, hasta su cierre en 1822, acompaño la vida de esta empresa. No fueron los únicos. Durante el siglo XVIII en la fabrica de algodón de Ávila, en la de paños de Béjar, en los astilleros de El Ferrol..., los trabajadores protagonizaron otros paros y protestas cuando sus condiciones de trabajo se vieron afectadas. Estas luchas eran el presagio del surgimiento de un nuevo movimiento, el de los trabajadores, que desde el siglo XIX a nuestros días protagoniza la disputa continua contra aquellos que detentan los medios de producción, por el reparto de los frutos de su trabajo.



[1] García Ballesteros, A., “La Real Fabrica de paños de Guadalajara en el siglo XVIII” en ESTUDIOS GEOGRAFICOS. Febrero-Marzo 1975. CSIC Instituto Juan Sebastián Elcano XXXVI, 138-139 MADRID. Págs. 374,375,376 y 377.

[2] Tascon, J. y López Martín , I. en “Los holandeses y la empresa publica. Huelga en la fabrica del rey. 1719-1720” en Actas del III Congreso Astur-Gallego de Sociología. Expectativas de la Sociedad del Bienestar. Oviedo. 1996, Vol. I. Pág. 103.

[3] Placa: moneda holandesa de la época.

[4] LARRUGA Y BONETA, E. Ops cit Tomo XIV, Memoria LXXIII, Págs.: 134 y 135

[5] Archivo General de Simancas, Hacienda-Secretaria, leg. 759, citado por Callahan W. J. en “Conflictos laborales en el siglo XVIII”, en Boletín del Seminario de Derecho Político, n.º 32, Salamanca, 1964, Pág.:73

[6] A. G. S, ibídem , citado por Callahan W. J., en ops.cit.

[7] Archivo Histórico Nacional, Estado, 755.

[8] Advirtiese

[9] A. H. N. Estado, leg. 755.

[10] Callahan, W.J., ops. cit.

[11] A. H. N. , Estado, 755